MOLINA

Un año sin Felipe Hernández, El Campero

Un año después de la muerte de Felipe Hernández, el Campero, su recuerdo sigue muy presente en Molina mientras el caso continúa a la espera de juicio.

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Paco Ayuso

El domingo 19 de julio se cumple un año de la muerte de Felipe Hernández, el Campero, uno de los vecinos más ilustres de Molina, el azote de la política en las redes sociales, que fallecía en dramáticas circunstancias tras recibir una paliza de uno de sus hijos, que acababa de aprobar unas oposiciones para la Hacienda Pública, junto a la presencia de su hermana, de profesión sanitaria.

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La muerte de Felipe me sorprendió un sábado por la mañana, en la playa, veraneando. Tras desayunar no muy temprano, comencé a leer por las redes sociales que habían matado a Felipe. Primero creí que era una broma; luego pensé que el altercado que provocó su muerte podía estar relacionado con la política, por su continuo, constante y duro azote.

Nada más lejos de la realidad. A pesar de que siempre intuí que Felipe no iba a terminar bien, la realidad superó aquella intuición.

Sus últimas publicaciones

Felipe ya no era el mismo durante aquellos últimos días. Publicaba poco en su página Política Municipal, sin apenas posts, sin un «a mí no me engañan», «solo saben posar» o sin pedir la famosa auditoría… Tal vez el desenlace final se estaba amasando desde hacía días.

Aquella calurosa mañana del sábado 19 de julio, nada hacía presagiar que una de las páginas de nuestra crónica negra estaba a punto de escribirse.

El día anterior, según la prensa, el hijo, Felipe júnior, que vivía en Archena junto a sus hermanos y su madre, estuvo en Molina preguntando por unos aparcamientos alquilados, propiedad de Felipe, cuya recaudación no recibían sus progenitores. Esto elevó la tensión en las malas relaciones que ya mantenían.

Aquel sábado de mercado, dos de sus hijos se desplazaban a Molina. Ir al mercado no era excusa, pues en Archena también se celebra el sábado. Habían salido de cacería sin saberlo.

Tras pasar por la mercería de las Marujas, fueron en busca de su padre a la tienda. Al filo de las 10.50 de la mañana, enfurecidos, su hijo, también llamado Felipe, le propinó una paliza en el despacho de su tienda, como si fuera un muñeco de goma. Su hija, sanitaria, nada hizo para socorrerlo, al grito de «vámonos, vámonos», mientras salían corriendo.

Felipe, aturdido, salió del despacho y de la tienda. Intentó cerrarla y cruzó la calle para caer herido de muerte. El corazón, que pulsó entonces a cien pulsaciones por minuto, dejó de funcionar. De nada sirvieron las asistencias que sus vecinos le prestaron a pie de acera.

Un año sin Felipe

Durante este año, en el que Felipe júnior pasó por la cárcel y salió, y con una autopsia forense confusa que mezcla la muerte natural con un fallo cardiaco propiciado por la paliza y la alteración, el asunto continúa a la espera de juicio.

Un año sin Felipe. Un año en el que muchas cosas ya no fueron iguales.

Ahora Felipe, que siempre llevó una amargura interior, si hoy viviera sería un feliz jubilado. Era el momento que tanto esperaba, con la paga máxima y muchos planes para esa feliz jubilación junto a su compañera Toñi, la familia que se elige.

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