Lorenzo el Gordo


Desde hace bastante tiempo la historia de Lorenzo “el Gordo” ha estado dando vueltas en mi cabeza. Hasta ahora, no me había puesto nunca a escribir nada sobre el hombre que está considerado el primer taxista de Molina de Segura.
De los datos que he podido recopilar, entre publicaciones, documentos y testimonios de personas que lo conocieron, sé que Lorenzo Guardiola Martínez nació en Jumilla, como hijo de Juan y de Rosa, a finales del siglo XIX. Siendo bastante joven, este jumillano grande y corpulento se hizo conductor. Con su vehículo en propiedad, un Essex, ejercía de taxista o chófer, recorriendo aquellas carreteras que llevaron a los tratantes molinenses a los más recónditos lugares. Igualmente era un gran mecánico, al que a pesar de su envergadura no se le resistía ninguno de los vehículos que pasaran por nuestra localidad.
En 1921 inauguró la línea Molina de Segura-Murcia con Rufino Linares Lumeras, “Rufino de la Alsina”, que obtuvo la concesión a raíz de un decreto del mismo año. Lo harían con dos autobuses que iban y venían de la capital. El trayecto comenzaba en la plaza del Casino y concluía frente al hotel Victoria, junto al puente de los Peligros.
No es difícil adivinar que el apodo de “el Gordo” tenía su origen en el peso de este señor, que en aquellos tiempos, donde lo que predominaba era la delgadez, resultaba chocante. Destacaba asimismo por ser un hombre sencillo, bonachón y noble, atributos que no impidieron su trágico final, pero de los que dejó testimonio durante su vida.
Gracias a Lorenzo aprendieron a conducir Enrique “el Ministro”, Clemente “de Elisea”, “el Nene Anastasio”, “Pepete” entre otros. Todavía hoy, algunos mayores lo recuerdan encerrando el coche, o sentado en su puerta de la calle Honda, donde estableció su domicilio.
En octubre de 1924 contrae matrimonio con la molinense Carmen Riquelme Carrillo, “Carmen de Lucas”, hija de una conocida familia que se dedicó durante varias generaciones a la venta de carne al público, además de a hacer tratos de ganado. Con ella sería padre de tres hijos: Juan, Rosa y Lucas. Tiempo después, la empresa Alsina-Graells absorvió a la de Rufino (que quedó como administrador hasta que se jubiló) y aunque le ofrecieron seguir como chófer, Lorenzo decidió ir por su cuenta, conduciendo su taxi y arreglando los coches de los demás.
Lorenzo se movió dentro del círculo republicano de Molina, documentada es su amistad con Juan Antonio Prieto “el Tío Pollo”, que llegó a ser alcalde, “Manzano” o Gabriel Cárceles, y si bien no ostentó ningún papel institucional, sí defendió la legitimidad de la república antes, durante y después de la guerra civil, motivo por el cual fue represaliado una vez terminada la contienda.
Molina de Segura no secundó el golpe de estado militar de Franco y los militares contra la república, y aquí no hubo un frente como tal. Esta era zona de retaguardia, en la que por supuesto, también se vivieron grandes penurias y sucesos muy desagradables.
Por otra parte el ambiente estaba muy caldeado desde algunas décadas atrás, por los sufrimientos de los braceros, colonos y demás jornaleros, que hubieron de soportar unas cotas de miseria y desigualdad muy grandes, la rígida moral impuesta por la jeraraquía eclesiástica de la época, el analfabetismo, la falta de oportunidades, y la evidencia de que el poder era sinónimo de impunidad. Reglas morales distintas para una época distinta, que hoy no podríamos siquiera imaginar, donde la violencia y el miedo eran las herramientas más comunes para resolver los conflictos; también en guerra y por ambos bandos, como así se demostró entre los fatídicos años 1936 y 1939.
El día después de la victoria franquista, cuentan los ancianos que Lorenzo, reconocido izquierdista y desde la entrada del nuevo régimen “peligroso delicuente”, gritó en la plaza del Casino una frase que resonó como si fuera el tiro de un fusil. ¡Viva la República! dijo “el Gordo” alzando el puño al cielo, creando sorpresa y miedo entre los vencidos, y enfrentándose a las amenazas de quienes no tardaron ni dos horas en ir a buscarlo a su casa.
Tras prenderlo y llevarlo al cuartelillo, en esos primeros días en que se sucedían las detenciones, las fuerzas de orden público lo condujeron ante el gobernador civil de Murcia el día 9 de abril. En su ficha consta que no tenía antecedentes, que era católico, casado y con tres hijos pequeños. El gobernador ordenó el ingreso inmediato en la cárcel habilitada en una de las alas del convento de las Agustinas de la capital, a la que llegó escoltado por la guardia civil.
Allí compartió celda con varios vecinos de Molina, encarcelados como él por ser republicanos. Paco “Peseta”, Enrique “el Ministro”, Fulgencio “el Putirra”, Perico “Jorge”, entre otros. Hasta 28 hombres hacinados en la misma celda en condiciones lamentables. En esas circunstancias de miseria, sin apenas comida y escasa ventilación, tuvo tres días sobre los hombros a Juan Antonio “el pequeño de los Pesetas o el Pesetica”, el más joven de todos y que sufría de asma, para que pudiera acercarse a un ventanuco que había en altura y pudiera respirar.
Lorenzo “el Gordo” pasó un calvario en prisión preventiva. Tres años y doscientos sesenta y tres días en los que no pudo obtener ningún permiso por ser tratado como “individuo peligroso”, hasta el consejo de guerra celebrado en Mula y que lo condenó a 20 años de reclusión. Su delito, “Auxilio a la Rebelión”, o lo que es lo mismo, haberse mantenido fiel a la república.
Quienes lo vieron en prisión, en las escasas visitas o en la festividad de Nuestra Señora de las Mercedes, en que a los reclusos se les concedía la gracia de poder pasar el día dentro de la cárcel con sus familiares, dieron testigo de su deterioro físico. Más de 50 kilos perdidos velozmente que le posibilitaban a dar la vuelta entera a su cintura con la piel flácida sobrante. Le clavaron la puntilla con su traslado al penal del Puerto de Santa María, en Cádiz, una de las prisiones más infames que se recuerdan, de la que salió porque se compadecieron de su deplorable estado de salud. Allí puede que escuchara o incluso cantara aquella copla que decía
Mejor quisiera estar muerto
que preso pa toa mi vía
en este penal del Puerto,
Puerto de Santa María.
A los pocos días de salir, en 1944, falleció, ya en Molina y fue enterrado en el cementerio del Tapiado. Tenía 47 años y dejó viuda y tres hijos.
Muy penosos fueron también aquellos años de posguerra para Carmen, su esposa, a la que no fueron pocos los que le dieron la espalda. Cuentan que le llegaron a echar los muebles a la calle. La mujer tuvo que ganarse la vida como pudo, lavando tripas y cabezas en la acequia Subirana que pasaba por la antigua taberna “del Murciano”. Sin pensión ni derecho a nada más que trabajar, sacó a sus tres hijos adelante, falleciendo ya anciana.
El tiempo pasó y fue calmando los ánimos, reconciliando a las familias y permitiendo vivir, siempre que su existencia no diera que hablar, y previa redención pública, a quienes antes fueron tachados de marxistas, comunistas o anti-clericales. Lo curioso es que muchos no habían dejado nunca de ser cristianos.
La historia de Lorenzo “el Gordo”, el primer taxista y mecánico de coches de Molina de Segura quedó, como la de muchas otras personas corrientes, silenciada durante demasiadas décadas. Paquito “el Practicante”, hijo del “Ministro” y que lo conoció en la cárcel con su padre, lo rescató de un injusto olvido en su libro “Molinenses y Costumbres Olvidados”. Allí, su memoria y su retrato comparten páginas con industriales, agricultores, médicos, falangistas, amas de casa, sacerdotes, emprendedores, monjas, maestros o alcaldes.
Me da la sensación que los jóvenes como yo, nacidos en democracia, hemos perdido la sensibilidad ante los crímenes de la guerra (por ambos bandos) y de la posguerra; muchas veces sin darle la comprensión a los que hoy son ancianos y la sufrieron, y que nunca fueron reparados. ¿Cómo no conmoverme ante quienes me cuentan estas historias? Por eso, cuando voy al cementerio y miro la tumba de Lorenzo, el hombre de mirada triste y resignada parece querer decirme que no tenía las manos manchadas de sangre, si acaso, de grasa.




