CULTURA

Cebollas

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La Nostalgia de lo Auténtico: Reflexiones sobre la comida, la Cultura y la identidad en tiempos modernos

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Paco Tortosa

Esta gente no sabe comer. Y no me refiero a su educación, sino a que solo comen cosas envueltas en plástico. No saben lo que comen, solo saben sacar cosas de bolsas y bandejas: pollo, carne, pescado, verduras. Hasta la fruta se compra así, demasiado madura para mi gusto. En el pueblo, cuando la fruta está en ese estado, se la damos de comer a las gallinas. ¿Te imaginas una ensalada de distintas verduras cortadas desde no se sabe cuanto tiempo y mezclada de cualquier manera, metida en una bolsa de plástico? ¡Pues también venden eso!  Parece que cuanto más al norte, menos saben comer.

Añoro la huerta de mi padre. Cuantas veces comí allí, sentado a la sombra de la higuera, lavando las verduras y las frutas, y mis pies, en las frescas y limpias aguas del canal de riego. Escuchando el trino de los pájaros al tiempo que saludaba a algún agricultor vecino con un gesto de la cabeza y un breve gruñido que lo decía todo y nada.  Luego recogía en el capazo todo lo que estaba bueno para comer y lo llevaba a mi madre para que preparase sus deliciosos platos. 

 Aquí hay que conformarse con pan que se pone duro al día siguiente y conservas que deduzco lo que llevan por la foto que las acompaña. Lo poco que llega de mi tierra no se parece en nada a lo que salió de allí.

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¡Cómo echo de menos el pan que hacía mi madre! Tierno por dentro y consistente por fuera.  Casero. Recién hecho en el horno de casa. ¡Y se mantenía con la miga blanda durante más de una semana!

Tanto estudiar, tanto esfuerzo, para nada. Mis padres sacrificaron su vida para enviarme a la escuela, para que aprendiese un oficio que no fuese la agricultura o la construcción y, por ahora, de nada ha servido. Aunque puedo sentirme afortunado. Al poco de llegar me dieron trabajo para repartir comida. Me dan la caja, la meto en otra caja en la parte de atrás de la bicicleta, y pedaleo lo más rápido que puedo esquivando coches, autobuses y peatones para que llegue caliente al hambriento cliente. Muchos lo agradecen y me dan propina, cuanto más caliente, más agradecidos. Y cuantos más clientes contentos, más dinero para mí. Por supuesto, hay que evitar hablar de propinas con el jefe. Es tan tacaño que sería capaz de bajarme el sueldo.

Para vivir aquí se necesita mucho dinero. No es fácil. Todo es más caro. Te cobran hasta por respirar. Y a la más mínima te detienen y te hacen pasar la noche entre barrotes. Todo está prohibido o tiene multa. Si aparcas mal la bicicleta o circulas por donde no debes, multa. Luego le llega al jefe que no duda en descontarla del poco sueldo que te da. Pero aun así, consigo ahorrar, juntando los pequeños billetes, poco a poco, para enviarlos a mi familia. Y se empeñan en guardarme ese dinero para cuando vuelva. Para que estudie. Para que me case. Para que no me quede aquí.

No ha sido fácil aprender su idioma. Por suerte, al llegar, me acogieron unos compatriotas y me ayudaron. Techo, comida, curso de idioma, calor, compañía y todo lo necesario para no hundirme en el pozo de la soledad. Aquí nos ayudamos todos, aunque de vuelta en nuestro país ni nos saludemos al cruzarnos por la calle. Gracias a ellos conseguí el trabajo de repartidor y les puedo ir devolviendo lo que me prestaron al principio. Ahora que ya sé decir unas pocas palabras más, aspiro a mejorar mi trabajo.

Si consigo aumentar mi economía, tal vez pueda alquilar algo para mí solo. Me gusta la independencia y la tranquilidad, y eso no es fácil de conseguir cuando vivimos seis en un piso pequeño.

Cebollas. La cebolla me recuerda a mi pueblo. Hay épocas en las que todo el pueblo se inunda con su aroma dulzón. Y es que no hay nada más dulce que esta hortaliza. Este bulbo lleno de bulbos que hace llorar cuando lo tratas de trocear en pequeñas partes. Yo no las troceo. Las lavo bien, y las echo al agua, y las dejo hervir. Cuando las saco y las dejo enfriar se han convertido en algo que ya no te irrita los ojos y su sabor dulce se ha potenciado hasta casi el infinito. Bueno, exagero un poco, pero no lo puedo evitar. ¡Me gustan tanto…! Me las como solas, rellenas, en ensalada, con pan, en tortilla, casi de cualquier manera que podáis imaginar.

Hoy, al volver del trabajo, he visto un tenderete en la calle en el que se ofrecía comida gratis. Me he querido acercar, pero no me han dejado. Unos tipos con el pelo muy corto, casi recién afeitado, y llenos de tatuajes, me han dicho que su comida es para sus compatriotas. Que los “de fuera” no éramos bien recibidos. Que nos fuéramos con nuestra mierda de costumbres a nuestra tierra. Me han insultado, y me hubiesen pegado, si no llego a salir corriendo. Ahora he aprendido a huir de sus símbolos y sus miradas. No me apetece que me partan la cabeza. Solo tengo una y debo cuidarla al máximo.

Los días aquí son cortos, muy cortos. Y las noches muy frías.

Estas son algunas de las cosas que me contó Maka. Me contó muchas más cosas. Los viajes que hizo y lo mal que lo pasó, pero eso será cuestión de otro relato,

Maka era originario de eso que llaman el África negra. Nacido en Mali, al tiempo nuestros caminos se cruzaron.

Un día Maka se me acercó y con los ojos llenos de lágrimas me dijo:

– Papá (él me llamaba así) yo no soy Maka. Hay muchos Maka. Papel no bueno.

Le abracé y le tranquilicé. Al poco siguió:

– Hay muchos Maka, no bueno.

– También hay muchos Pacos y no sé lo bueno que será. -Logré que una sonrisa se dibujase en su cara llena de chorretones lagrimosos-.

– Sí papá, pero no son Maka de verdad. Son papeles falsos.

Ahí caí en la tragedia que me estaba contando. Varios cientos de personas eran contratados y dados de alta en la Seguridad Social con los mismos papeles. Y nadie decía nada. La Seguridad Social no decía nada. Cobraba y punto.

– ¿Entonces no te llamas Maka?

– No. -sin parar de llorar- Me llamo S. Mohamed. Y soy más joven que en los papeles.

 – Entonces, ¿No tienes papeles?

– No. -Y de nuevo me abrazó llorando-

– No te preocupes. Vamos a arreglar eso.

Y me fui a mi asesor. Le hicimos un precontrato. Lo presentamos en extranjería y le ayudé económicamente hasta que se resolvió su situación. Trabajó un tiempo conmigo hasta la crisis de 2008 en que tuve que cerrar la empresa. Seguimos en contacto. Porque soy su papá en España. Y estoy orgulloso de serlo. 

■ Paco Tortosa

La Tina de Cosas

C/Antonio Lacarcel, 9

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Molina de Segura.

latinadecosas@gmail.com

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