Lecciones de Vida con Don Ángel ‘Camilo’: Reflexiones de un Hijo Predilecto

Quince días después de realizar nuestra entrevista con Don Ángel ‘Camilo’, tuvimos el honor de presenciar el pleno donde se propuso nombrarló Hijo Predilecto de Molina. Este encuentro nos brindó la oportunidad única de conversar en su hogar acerca de su vida, su visión del mundo y sus experiencias. En este diálogo íntimo, Don Ángel , a sus 92 años, nos mostró su carácter afable y bondadoso, ofreciéndonos una auténtica lección de vida. A continuación, compartimos con ustedes el contenido completo de esta conversación con Don Ángel, un verdadero ejemplo de honradez y voluntad, que ha dedicado su vida al servicio de los demás y a la transmisión de valores fundamentales para la comunidad.
¿Por qué es conocido como Camilo?
Camilo, es muy sencillo: el padre de mi padre, es decir, mi abuelo, se llamaba Camilo. Aunque no llegué a conocerlo, cuando mi padre se casó, siendo él también Ángel, yo heredé el nombre Ángel Giménez. Sin embargo, en Molina soy conocido como Ángel ‘Camilo’ el Maestro.
Don Ángel, usted ha vivido y servido a la comunidad de Molina de Segura durante muchos años. ¿Qué lo llevó a ser maestro?
Bueno, he tenido un bache en mi vida que nunca he mencionado, pero lo compartiré ahora. Me eduqué en una familia humilde, en una panadería. Éramos varios hermanos, de los cuales tres fallecieron. A los 13 años, me fui a Cehegín con los Franciscanos, al colegio de los padres franciscanos, donde completé el bachillerato. Luego, pasé un año en Lorca en el noviciado y después a Hellín, donde me hice fraile y estudié teología. Posteriormente, pasé dos años en Orihuela estudiando teología. Sin embargo, tuve una crisis psíquica que no pude superar y recurrí a don Luis Valenciano, un reconocido psiquiatra. Como consejero espiritual, elegí a un Jesuita en lugar de alguien de mi orden. Ambos coincidieron en su consejo. El psiquiatra me dijo: ‘Puede ser un fraile excepcional, pero como médico le aconsejo que abandone la orden’. El Jesuita, por su parte, me aconsejó que, ante mi imposibilidad de tomar una decisión y su responsabilidad ante Dios, dejará la orden. Imagínese el conflicto interno que enfrenté. Después, decidí hacer algo útil para la gente, y eso fue convertirme en maestro. Como maestro, he sido extremadamente feliz. Si volviera a nacer, elegiría ser maestro nuevamente.”

Usted recibió el premio ‘Corazón Solidario’ en 2013. ¿Cómo ha impactado este reconocimiento en su vida y trabajo?
Recibí tres o cuatro premios. El primero fue el Corazón de Cáritas, entregado por el Obispo en Murcia. Luego, recibí el Mayor de Molina y el reconocimiento como ‘Murciano del año’. Tengo esos tres títulos, pero para mí no representan un fin en sí mismos. No me importa haberlos recibido o no, porque mi misión siempre ha estado clara: hacer el bien, como un manantial que fluye incesantemente.
Aunque usted estaba jubilado, continúo enseñando español a inmigrantes. ¿Qué lo motivó a continuar este trabajo educativo incluso en su retiro?
Mi motivación para seguir trabajando ha sido la juventud, con su potencial para convertirse en personas maravillosas. Hace unos dos meses, antiguos alumnos de un curso que impartí en Petrel, que ahora son abuelos, vinieron a Molina y me trajeron un libro lleno de fotografías del colegio y de sus vidas. Fue la segunda vez que vinieron. Hace dos semanas, me llevé una sorpresa cuando, al llegar a mi casa, vi a tres ex alumnas y un exalumno, todos excelentes estudiantes, esperándome. Al abrir la puerta y encontrarme con eso, pensé: ‘Esto es un pedazo de cielo’. Todo el reconocimiento y aplauso que he recibido, no es más que el reflejo de haber cumplido con mi deber lo mejor que supe.”
Usted es reconocido por su humanidad, sencillez, modestia y discreción. ¿Cómo ha desarrollado estos valores y por qué son fundamentales en su vida?
Yo creo que es una gracia de Dios, porque yo no he hecho nada por ser y por tener. Siempre he tenido claro que mi misión en la vida era dar antes que tomar, ya que el evangelio lo dice claramente: es más feliz el que da que el que recibe. Por eso, nunca jamás he podido ser enemigo de nadie y siempre he dado oportunidad al diálogo. Me baso en la tesis y en la antítesis: si tú me das un mensaje que a mí no me convence, puede que el mensaje no me vaya, pero tú sí me vas. Lo importante es ver si podemos sacar algo que merezca la pena entre los dos.
Dada su larga experiencia en la enseñanza, ¿qué consejo le daría a los nuevos educadores que recién comienzan en su profesión?
Mi consejo es que acepten a los chicos como amigos. A mis hijos, que también fueron mis alumnos, los quise mucho y siempre estuve dispuesto a dialogar con ellos. Nunca me limité a estar sentado en la mesa; siempre participaba activamente en las conversaciones. Recuerdo un caso de un chico más alto que yo, de 14 años, que me preguntó si podía ir al baño durante la clase. Le dije que saliera sin hacer ruido y sin desordenar, pero que no tratara de engañarme. Hablábamos de muchos temas, incluso fuera del currículo escolar. Una vez, una chica me preguntó por qué no podía estar con un chico, y yo le respondí que debía pensar en las consecuencias de sus acciones. Mis clases no se limitaban a lo que estaba en los libros. Al final del curso, cuando evaluábamos, les decía que la religión no es solo un libro de texto, sino un libro de vida. Les pedía que escribieran una frase, si habían aprendido algo o no, y una alumna comentó que nunca le habían hablado de Jesucristo como lo hice yo ese año.
Ha escrito un libro llamado “PROCESO DE UNA VIDA”. ¿Podría compartirnos un poco sobre lo que los lectores pueden esperar de este libro?
He escrito ‘El Proceso de una vida’ y ‘Mis momentos’, que es el primero. ‘Mis momentos’ trata sobre sitios y rincones de Molina que me llamaban la atención y que visitaba más de niño, con sonetos y fotografías. Los dibujos son del pintor Yagües, como ‘La Gran Playa’ y ‘El Barco de Leandro’, que era un lugar en el río donde nos bañábamos todos los niños. Fui el primer monaguillo con Don Antonio, Don Fulgencio y Don Joselillo. ‘Procesos de una vida’ está basado en el evangelio y refleja lo que yo quisiera que fuera la vida y las personas. Un extracto del libro, en tercera persona, dice: ‘Yo, Jesús, no quisiera seas producto de la imaginación, ni de lo que alguien dijera sobre tu concepción. Ser testigo quiero con emoción, tras de ti yo camino a encontrar del mensaje su belleza, con ansias yo me animo a romper mi pereza para amarte siempre con entereza.’ Quien lea esto llegará a conocer, al menos en parte, mi interior y mi manera de pensar.
A sus 92 años, ha vivido y visto mucho. ¿Hay alguna experiencia o lección de vida particular que le gustaría compartir con las generaciones más jóvenes?
Me gustaría poder dialogar con la juventud, ya que hoy en día veo un gran problema: la gente no habla, están pendientes de dispositivos y aceptan sin cuestionar lo que estos les dicen. Para mí, eso es un gran peligro. También me preocupa muchísimo la inteligencia artificial y su potencial para dominarnos. He pensado muchas veces en formar un grupo de jóvenes para salir a la calle, recoger papeles, educar a la gente para que no ensucie y para que nos ayudemos unos a otros. No queremos bombas; queremos cuidado y respeto por lo que nos rodea. El Señor, al terminar la creación, extendió sus manos y dijo: ‘Aquí tenéis lo que he hecho, ahora cogedlo, creced y multiplicaos’, pero no lo hemos entendido bien.
¿Algo más que quiera transmitir a la gente, a las nuevas generaciones y a las anteriores también?
Yo pienso que, en vez de avanzar, estamos retrocediendo, y si seguimos así, vamos a regresar a la edad de piedra. En el aspecto religioso, para mí el evangelio es sagrado. La Biblia es el mejor libro que se ha escrito, ya que es el libro de la experiencia y de la verdad. Ahí encuentras cualquier materia que busques. Los mejores poemas son los Salmos, y la mejor literatura son el Antiguo y Nuevo Testamento. Una vez me preguntaron a qué partido político pertenecía, y respondí que a ninguno. Pero, en realidad, soy el más comunista de los comunistas, porque mi jefe, Jesús, no tuvo donde reclinar su cabeza y dio la vida por los demás. Ese es mi partido político. Yo juzgo las acciones, porque un manantial es rico o pobre según el agua que da, pero es esencial tener el agua dentro. Ese es mi sistema de vida. Como profesor de adultos por las noches, siempre deseé enseñar a los niños. En Cehegín, siempre fui claro en mis actuaciones. Nos decían que el maestro debía ir bien vestido, pero yo les preguntaba cómo podía traer a mi familia si no podía pagar el alquiler. Gracias a los frailes, me fui al convento. Empecé ganando 16.000 pesetas al año. No estaba bien pagado, pero así eduqué a mis hijos y soy feliz. Tengo la mejor lotería del mundo: la honradez y el trabajo, el cariño de mis hijos, amigos y discípulos. He dado clases particulares a los amigos de mis hijos para que aprueben sus asignaturas. Es una lástima que estos valores se estén perdiendo, estamos destruyendo la maravillosa creación que Dios nos ha dado.
¿Usted fue un adelantado a su época porque no era común lo que usted hacía con los alumnos?
Sí, por eso algunos compañeros me admiraban y otros no. Yo siempre he sido fiel a mí mismo: Ángel Giménez es así, y si quieres ser su amigo, ya sabes cómo piensa y cómo es. No me vendo por nada; solo sé que mi trabajo es esto y lo cumplo a rajatabla. Muchas veces, ponía en la pizarra que no podía hablar porque estaba afónico y daba la clase perfectamente. En Petrel, tuve un grupo muy bueno; comencé con la guitarra en clase y ahora resulta que todos mis discípulos son músicos. Los sábados por la tarde daba charlas a los padres de los alumnos. Cuando llegué a Molina, estaban terminando el Colegio San Antonio, y me quedé ahí. Luego, en el Colegio San Miguel, comencé mi trabajo con canciones y moral. Fue el primer colegio que recibió un conjunto de ordenadores y cine en las escuelas. También fui creador de la coral himsmola y socio fundador. Tengo una anécdota con un alumno que quería estudiar música; nos matriculamos juntos y yo estudié violín hasta cuarto. Cuando llegué, me dijeron que el movimiento scout iba flojo, así que lo cogí y formé un grupo maravilloso. Una noche, en una recepción, había un padre y un hijo que habían sido alumnos míos. No solo los he querido, los he amado. Mi único interés era que fueran personas nobles. Me he sentido muy querido. Muchos son doctores e ingenieros porque obligué a sus padres a que estudiaran. Veo la docencia como una vida. Cuando amamos una planta, la regamos y la podamos; cuanto más, una persona que es la imagen de Dios. Así he funcionado. Al final del curso, les decía a mis alumnos que se pusieran la nota que creían merecer. Una chica se puso un suspenso y se puso a llorar. Le dije: ‘vamos a razonar. Cuántas veces me has faltado el respeto, cuántas veces has faltado a clase, cuántas veces has dejado de hacer tus deberes. Tú te pones un suspenso, pues yo te pongo un notable. No se trata solo de saber mucho, sino de crecer como personas.’ Hoy es enfermera. Una discípula me dijo que me quería más que a su padre. Yo solo estoy cumpliendo con mi deber. Cuando me jubilé en 1995, me dieron un diagnóstico equivocado, pero no me detuve. Antes daba charlas en todos los centros. Jubilarse es cambiar de actividad. Pensé: ‘Ángel, es tu hora, dedícate a los demás.’ Fui a Cáritas, trabajé allí, fui presidente. Me involucré con un barrio con mucha drogadicción. Hicimos dos intercambios, uno a Francia y otro a Italia con drogadictos. Creamos un lugar para los jóvenes y trabajé con inmigrantes. Empecé un proyecto con dos o tres personas y luego faltaban manos. Trabajé quince años con musulmanes. Un día, hablando con uno de ellos, le dije: ‘pero tú has descubierto que tu Dios es el mismo que el mío, tú lo llamas Alá y yo Dios, y es mi padre y tu padre; por lo tanto, nosotros somos hermanos.’ Por ese camino he ido siempre.




