Julio de 1986: para los adolescentes no había excusa para no trabajar

Trabajar en la campaña del melocotón, ahorrar para el carnet y esperar las fiestas formaban parte del verano de muchos adolescentes molinenses de 1986.

Retrocedamos 40 años en nuestras vidas para ir a las vidas de aquellos adolescentes ochenteros. Eran los tiempos de la movida molinense, del grupo triunfador Tomato, de los pubs Benissan, Plas Plas, VJ, Super Atlántida, el Cuatro Bandas o un garbeo por la Plaza Roja, el Fuera de Quicio o, tal vez, por el Menta o el Garito.
Eran tiempos en los que la juventud se dividía en diferentes y nutridas tribus: los pijos, los punkis, los heavies, los rumberos, los ecologistas, los hippies o los rockeros. También había gente sin tribu y, por supuesto, los horteras, que abundaban mucho en la época.
Eran los tiempos en los que, cuando ibas a cobrar el cheque de la fábrica en el banco, todavía delante de ti, en la caja, estaba la anciana que le decía al cajero que no sabía firmar, mientras este le sacaba la tinta para hacerlo con el dedo.
Era también un mes de julio de Mundial de fútbol, también en México, el del 86, el de la mano de Dios, la de Maradona haciendo campeona a Argentina. La España de siempre, que no pasaba de cuartos en la plenitud de la «Quinta del Buitre». El fútbol adornaba el verano.
Tras un año duro, los enamoradizos adolescentes del instituto, de FP en Administrativo o cualquier otra rama, o estudiantes de BUP en cualquier curso, vivían aquel año del álbum de Hombres G que arrasó: «Sufre, mamón», «Devuélveme a mi chica»… Antes, el mes de junio había terminado entre exámenes de recuperación y matrícula.
La campaña del melocotón marcaba el inicio de julio
El 1 de julio llegaba y ya había que ir a preguntar por el vale a la fábrica. El melocotón estaba a punto de empezar.
—¡Oye, que mañana Prieto empieza la campaña! Vete a preguntar por el turno y a recoger el vale.
Y allí, como pollos que entran al matadero, tocaba trabajar en la campaña del melocotón a esa tierna edad: para el carnet de conducir, para las fiestas, para ayudar en los siempre humildes núcleos familiares de los ochenta. Aquel verano, «Esta noche, Pedro» había sustituido en televisión a «Un, dos, tres… responda otra vez».
Recoger las cajas vacías que volcaban Cayetano y Antonio en la cinta, ponerlas en un palé, atarlas y llamar al de la carretilla para que se las llevara era tu apasionante labor, en lugar de los libros, las carpetas forradas, los apuntes o los primeros cigarrillos en una clase fugada al sol.
A los dos días de campaña ya estabas deseando que comenzara el instituto. Ese verano decías: «Cuando vuelva a clase, me como los libros». Después no lo hacíamos, claro está, por bobos.
Del calor de la fábrica a las noches de fiesta
Eran veranos diferentes en nuestra juventud. No pensábamos en veranear en una casa en la playa. Aún eran tiempos en los que solo una inmensa minoría podía disfrutarla. Como mucho, ir el sábado por la noche en el 127 de un amigo a la discoteca Pirámide de Mazarrón, en una fiebre de sábado noche veraniego.
Aquel verano, la canción que no dejó de sonar desde junio hasta septiembre era «La, la, la», de Opus. ¡Qué canción!
El verano se hacía eterno en aquel infierno de calor y trabajo en la fábrica. La única satisfacción era un trago al botijo, ver al turno de tarde que te sustituía bajar la cuesta y, por supuesto, ese cheque cada 15 días, grapado a la nómina, de unas 30.000 o 40.000 pesetas, hoy 250 euros.
Porque en julio de 1986, aunque también tuviésemos los adolescentes la habitación patas arriba, llena de revistas, casetes y discos…, no teníamos excusa para no trabajar duro durante el verano. Después tocaba curar nuevamente los callos con los libros en el próximo curso 86-87, ya con el Real Murcia en Primera, y, por supuesto, tener la cartera llena para las fiestas de 1986, cuando vino Bertín Osborne.




