El eco del sueño cumplido


Toda mi vida he vivido persiguiendo sueños. Como muchos, crecí con la idea de que alcanzar ciertos objetivos me daría plenitud, sentido, y sobre todo, felicidad. Desde pequeño imaginaba cómo sería llegar a determinadas metas: graduarme, conseguir ese trabajo ideal, lograr independencia económica, ver materializados mis proyectos personales… Y no miento cuando digo que, alcanzar varios de ellos, me ha hecho sentir inmensamente feliz. Es una sensación cálida, casi embriagadora, como si el universo me abrazara por haber logrado aquello que tanto anhelaba.
Pero hay algo de lo que no se habla lo suficiente: él después. Esa sensación de vacío que a veces nos invade cuando conseguimos lo que tanto deseábamos. Al principio, claro, hay euforia, compartes la noticia, celebras, te felicitan. Pero luego, como si se tratara de un fuego que se va apagando lentamente, todo vuelve a su cauce y la vida continúa, la rutina reaparece, y el propósito que ayer lo era todo, hoy es solo una página más del libro.
Recuerdo muy bien la primera vez que experimenté esa extraña tristeza tras el éxito. Me sentí confundido, ¿No se suponía que ahora debía estar completo? ¿No era eso lo que quería? Sin embargo, me di cuenta de que había idealizado tanto el resultado que olvidé mirar el camino. “Había vivido tan centrado en llegar a la cima que no supe disfrutar del ascenso”.
Con el tiempo comprendí que la vida no se detiene cuando alcanzas un sueño. No hay pausa, no hay medalla permanente, al contrario, todo sigue, como una rueda que nunca deja de girar. Y en esa continuidad uno se da cuenta de que necesita un nuevo propósito, un nuevo horizonte que perseguir, sin embargo, pienso que ese ademán por el progreso muchas veces nos impide darles valor a ciertos aspectos que, para mí, también tienen mucha importancia.
He aprendido —a veces con alegría, a veces con melancolía— que la vida es lo que sucede mientras estamos enfocados en alcanzar nuestros deseos, y que, si bien no hay nada de malo en soñar y esforzarse, también es necesario aprender a disfrutar del proceso. “Porque el verdadero valor no está solo en conseguir el sueño, sino en todo lo que ocurre mientras lo perseguimos; las personas que conocemos, los desafíos que enfrentamos, los días buenos y también los malos”.
Hoy, cada vez que alcanzo una meta, en lugar de buscar frenéticamente la siguiente, me permito respirar, observar y agradecer el camino recorrido, y luego, cuando el corazón vuelve a sentir esa chispa, me embarco en un nuevo propósito sabiendo que lo mejor de los sueños es que, cuando uno se cumple, tienes la libertad de empezar a perseguir el siguiente, ¿¿Qué sentido tendría la vida si no pudiéramos volver a soñar??




