MOLINA

Amar en tiempos modernos

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Alejandro Bernal

A veces me sorprendo pensando en cómo han cambiado las relaciones de pareja en tan poco tiempo. Crecí escuchando historias de amores que superaban décadas, de parejas que atravesaban crisis, silencios y reconciliaciones, y que veían en esas dificultades parte natural del camino. Hoy, sin embargo, siento que vivimos en una época en la que las relaciones duran menos, no porque amemos menos, sino porque queremos amar perfecto, ¿Acaso se puede amar perfecto?

Nos hemos obsesionado con la idea de una pareja ideal: una relación siempre bonita, ligera, llena de chispas y emociones constantes. Queremos que todo fluya sin esfuerzo, sin conversaciones incómodas, sin tropiezos, pero olvidamos que ninguna relación –absolutamente ninguna– se sostiene solo con química o romanticismo. Toda relación necesita tiempo, necesita trabajo, necesita dedicación. Necesita, sobre todo, a dos personas dispuestas a quedarse incluso cuando «las mariposas» ya no revolotean como al principio.

Lo veo mucho entre los jóvenes, que a menudo confunden enamorarse con amar. Buscan esa adrenalina de las primeras etapas: los mensajes constantes, la emoción de no saber qué pasará, la idealización del otro, etc., etc., etc. … Es casi adictivo, y entiendo por qué: sentirse deseado, descubrir a alguien, proyectar un futuro sin defectos es una de las experiencias más intensas que podemos vivir. Pero cuando la relación avanza y empezamos a ver las imperfecciones de la otra persona —sus miedos, sus contradicciones, sus hábitos, su historia— muchos salen corriendo. Huyen en busca de una nueva “primera vez”, creyendo que quizá alguien más sí cumplirá con esa perfección imaginada.

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Y así se repite el ciclo: emoción, idealización, decepción, huida… Como si amar fuera un videojuego donde cada nivel inicial es más interesante que los siguientes.

Yo, personalmente, he aprendido que ninguna pareja es perfecta. Que una relación es, en realidad, el encuentro de dos personas que pueden venir de mundos distintos, con pasados que pesan, con heridas que no siempre muestran, con traumas que a veces intentan esconder. Así que, amar es intentar construir algo juntos a pesar de todo eso, no porque el otro sea perfecto, sino porque hemos elegido compartir la vida con esa persona, con sus luces y también con sus sombras.

Al final, amar no es perseguir siempre la emoción de empezar, sino elegir —una y otra vez— quedarse para construir un presente y un futuro juntos.

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