Aquellos San Juan Bosco, patrón del instituto de formación profesional de los años ochenta

Recuerdos de una adolescencia en el instituto de Molina de Segura

Cada vez que llega un 31 de enero, no puedo evitar aquellos recuerdos de mi adolescencia y mi etapa estudiantil, cuando cursaba los estudios de administrativo en el centro de formación profesional de Molina de Segura, donde también se impartían clases de electrónica-electricidad, automoción y delineación.
El día del patrón: actividades, deporte y tradición
Pero si había una fecha mágica, era como decimos cada 31 de enero, donde celebrábamos nuestro patrón, San Juan Bosco, el día como decíamos de nuestra Gincana. Aquel día no había clases, estas eran sustituidas por un sinfín de actividades. Por la mañana bien temprano llegábamos al centro donde nuestros profesores nos recibían con chocolate y churros. Después empezaban las actividades deportivas, donde destacaba una carrera popular. Para fomentar su participación, aquel quien la corría ya tenía aprobada las duras pruebas de velocidad y resistencia en el curso.
La Gincana: emoción en las calles del pueblo
Pero a media mañana llegaba el plato fuerte, la Gincana, una prueba por equipos que consistía contra reloj en superar pruebas. Había que bajar al pueblo para alterar con nuestros disfraces la tranquilidad y el vivir de una jornada laboral. Entre las pruebas podían estar: conseguir un papel de ingreso del banco central, o tal vez unos botes de alguna fábrica de conservas, o una letra de cambio en un estanco o un sello de la Reina Sofía. Eran muchas las pruebas, y el que antes las conseguía era su equipo, el gran ganador. Antes, si habíamos alterado por nuestras calles la vida cotidiana, con aquellos grupos o equipos que veías corretear por nuestras calles, vigilados por los jueces designados.
Concurso de paellas y fiesta de cierre
Al medio día llegaba la hora de comer, y qué mejor que con un concurso de paellas. Tras disfrutar aquella paella, a veces incomible entre risas y pitorreos, en aquel poblado patio ajardinado, sin libros, esta vez entrábamos en el ecuador de nuestro patrón. Pero lo mejor aún estaba por llegar: la guinda de una gran y divertida jornada terminaría en la discoteca Xanadú.
A eso de las siete de la tarde, todos nos desplazábamos a dicha sala de fiestas para tomarnos un cubata, bailar, charlar o recoger los premios de aquella Gincana, de aquella carrera o de aquel concurso de paellas. Con la caída de la noche, cansados de una jornada maratoniana, poníamos fin a San Juan Bosco con más pena que alegría, pues ahora había que esperar todo un año para la siguiente.
Un día inolvidable para generaciones de estudiantes
No sé cómo se festejan ahora los patrones de nuestros institutos, pero créanme, como así seguro recordarán todos aquellos estudiantes del denominado politécnico de aquellos años 80, que la Gincana de San Juan Bosco era uno de los mejores días e inolvidables del año.




